viernes, 4 de junio de 2021

 

 DE FIN DE SEMANA.

Vivo en un pueblecito precioso, muy cerca de Madrid, en la sierra norte de la Comunidad. Apenas quinientos vecinos durante la semana, el doble los fines de semana. Un pueblo de agricultores y ganaderos, con un museo de la cantería al aire libre, con grandes troncos vaciados a modo de jardineras, llenos de flores, con pequeños jardines colgantes de las farolas del pueblo, junto a un precioso embalse, con rutas para hacer senderismo y una naturaleza rebosante de colores, verdes de los árboles y los arbustos, blancos de las flores de la jara, amarillos de la retama, rojos de las amapolas, morados de la lavanda.

Cada viernes se repite la misma escena. Un coche se acerca hasta las escaleras de la calle en la que vivo, para el motor y de el desciende una pareja y varios niños pequeños, suben las escaleras hasta llegar a la puerta del alojamiento rural que han alquilado, entran, la mujer y los niños se quedan en la casa, el hombre vuelve al coche, saca una maleta grande con ruedas, dos pequeñas mochilas de viaje, dos bolsas de las que regalaban en los supermercados, supongo que con comida, una bolsa nevera, un cochecito de bebé, dos bicicletas,… Hace varios viajes a la casa para llevar todo lo que traen en el coche; mientras, los niños mayores ya están correteando por la montaña que hay junto a la casa, al bebé no se le oye, la mujer recoge todo lo que el ha ido acercando hasta la casa. El hombre vuelve al coche y lo aparca a la entrada de la calle, para no molestar a los que vivimos junto a las escaleras. 

    El cielo se oscurece de repente, cae un rayo sobre la casa, suena un trueno aterrador. La mujer llaman a los niños que están jugando fuera: -pasad rápido, va a empezar a llover-. Cierran la puerta de la casa, ya no se les vuelve a oír.

    No para de llover durante toda la noche.

    Es sábado, el cielo está muy oscuro pero de momento no llueve, la puerta de la casa se abre, en el dintel un niño en pijama y descalzo mira con nostalgia a la montaña, en el interior una voz de mujer le grita: -No salgas, que va a llover-. En la puerta aparece el hombre pertrechado con chubasquero y una bolsa en la mano, sale a la calle, camina deprisa, intenta correr mas que la tormenta que se avecina, a los pocos minutos vuelve con unas barras de pan que asoman por el borde de la bolsa. Ha conseguido ir y volver a la tienda antes de que vuelva a llover. Entra en la casa y cierra la puerta. Un rayo, un trueno, se va la luz. Oigo llorar al bebé.

La lluvia no da tregua, no para de llover en todo el sábado. Nadie sale de la casa.

Es domingo, las diez de la mañana. Se abre la puerta de la casa, el hombre sale con una maleta grande con ruedas, dos bolsas con el logo de un supermercado francés, que ahora parecen casi vacías, una bolsa nevera, que ya no parece pesar, un cochecito de bebé, dos bicicletas y dos pequeñas mochilas de viaje. Va dejando todo en lo alto de la escalera, baja los escalones y va a recoger su coche, lo acerca para cargar el equipaje. Se abre la puerta de la casa, ahora no llueve, sale la mujer con un bebe en brazos, los otros niños salen corriendo hacia la montaña, la misma que han estado viendo desde la ventana de su dormitorio durante todo el sábado. Les llaman, el reloj de la iglesia del pueblo da las once campanadas, es momento de marcharse.

Cada viernes por la tarde, cuando veo llegar a grupos como este al pueblo y descargar los mil bultos que traen en el coche, para pasar solo el sábado, porque el domingo por la mañana cuando se levantan ya están recogiendo para dejar la casa antes de las once, me pregunto como debe ser su vida durante la semana para que les compense
semejante despliegue para pasar apenas unas horas.

                                                                                                                                                     Adelaida Bolea. El Berrueco.4.5.21

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

2 comentarios:

  1. Eso sin contar la odisea de retenciones que se sufre en la carretera en el caso que vengan de Madrid, como son la mayoría, y me gustaría saber cuantos de ellos repiten.
    En cualquier caso, siempre es un escape para estas personas y una forma de recargar las pilas en su rutina diaria.
    Que afortunados somos amiga!!!!!

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    1. Gracias por tu comentario que comparto al cien por cien.
      Tienes razón, pero no sería más cómodo ir a un parque para que los niños corran y monten en bici y luego ir todos a comer fuera de casa para que la mujer descanse de niños y casa, un poco, en el fin de semana?

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