VACACIONES EN BEDAR.
El día mas feliz del año era aquel en el que veía a mi madre hacer las maletas para pasar el verano en Bedar, siempre a finales de junio y el día mas triste cuando las volvía a hacer para la vuelta a Madrid, siempre a finales de septiembre.
¡¡¡Eso eran vacaciones!!!
El viaje a Bedar ya era en si mismo una aventura, tomábamos un tren nocturno, porque así yo iba dormida la mayor parte del viaje, ni siquiera me despertaba en Alcázar de San Juan allí el tren se separaba, con gran estruendo, en dos unidades una seguía hacia Andalucía y la otra hacia Albacete y Murcia. Llegábamos a Murcia muy temprano, sobre las ocho de la mañana, mamá y yo desayunábamos en la estación y a media mañana, cuando el calor ya empezaba a recordarnos que estábamos en verano, tomábamos un autobús que recorría, los ciento cuarenta y ocho kilómetros que separaban Murcia de Los Gallardos. Entonces los autobuses no tenían aire acondicionado y el viaje resultaba bastante incómodo, creo que me pasaba el tiempo preguntando ¿Cuándo llegamos? Lo mejor de este tramo del viaje era que mi madre me compraba un polo de limón en la estación de autobuses de Murcia y yo me lo pasaba por los brazos y por el cuello para refrescarme, ante la mirada de estupor de ella, luego me compraba un helado de vainilla cuando el autobús hacia una parada de mas de quince minutos en un establecimiento de carretera. Así, en este paisaje de naturaleza pobre, a medida que avanzábamos íbamos dejando atrás Totana, Lorca, Puerto Lumbreras… y poco a poco íbamos saliendo de Murcia y nos adentrábamos en un paisaje aún mas pobre, salpicado de pequeñas casas de adobe rematadas con teja árabe, que formaban una cortijada y todo ello rodeado de un paisaje mas seco que el anterior. Al entrar en la provincia de Almería, primero pasábamos por Huercal-Overa, luego por el desvío hacia Antas, después por Vera, que ya anunciaba la proximidad al mar y ¡¡Al Fin!! Los Gallardos, donde nos bajábamos.
Nuestro viaje no había terminado, al bajar del autobús allí estaba Paco “El taxista”, listo para recogernos a nosotras y a nuestras maletas.
Desde Los Gallardos, dejábamos la carretera general y subíamos por una carretera estrecha y sinuosa hacia nuestro destino final, a cuatrocientos metros sobre el nivel del mar; la última parte del camino se desarrollaba en cinco kilómetros, en medio de un continuo girar y girar en un sin fin de curvas a izquierda y derecha de una carretera estrecha en la que cabían con dificultad dos coches a la vez y en la que si te cruzabas con un camión y tu ibas por la parte del precipicio, te podía dar un infarto solo de pensar en el momento de cruzarte con el.
Cuando mi madre y yo llegábamos a Bedar a finales de junio, Paco tocaba el claxon antes de llegar al pueblo y todo el mundo salía a recibirnos, llegaban los de Madrid. Yo no podía soportar que la gente me besara y dijeran las mismas frases año tras año: - que guapa está la niña, cuanto ha crecido-, por eso me escabullía y corría hacia la huerta de mi abuelo, allí estaba Ginés, el labrador, el se ocupaba de que la huerta estuviera preciosa. Llegaba corriendo y el me recibía entre sus brazos y me daba una pequeña azadilla, de las que ahora usamos para remover la tierra de las macetas, para que le ayudara. Yo me sentía la persona mas feliz del mundo. Allí tenía mi propia huerta, un cajón de madera, junto a la acequia de riego, en el que plantaba tomates y pimientos y cuando a Ginés le tocaba regar la huerta yo iba a regar mi huerta tomando el agua con mis manos en el momento en el que pasaba por la acequia.