martes, 6 de julio de 2021

 

 

VACACIONES EN BEDAR.

 

El día mas feliz del año era aquel en el que veía a mi madre hacer las maletas para pasar el verano en Bedar, siempre a finales de junio y el día mas triste cuando las volvía a hacer para la vuelta a Madrid, siempre a finales de septiembre.

 ¡¡¡Eso eran vacaciones!!!

El viaje a Bedar ya era en si mismo una aventura, tomábamos un tren nocturno, porque así yo iba dormida la mayor parte del viaje, ni siquiera me despertaba en Alcázar de San Juan allí el tren se separaba, con gran estruendo, en dos unidades una seguía hacia Andalucía y la otra hacia Albacete y Murcia. Llegábamos a Murcia muy temprano, sobre las ocho de la mañana, mamá y yo desayunábamos en la estación y a media mañana, cuando el calor ya empezaba a recordarnos que estábamos en verano, tomábamos un  autobús que recorría, los ciento cuarenta y ocho kilómetros que separaban Murcia de Los Gallardos. Entonces los autobuses no tenían aire acondicionado y el viaje resultaba bastante incómodo, creo que me pasaba el tiempo preguntando ¿Cuándo llegamos? Lo mejor de este tramo del viaje era que mi madre me compraba un polo de limón en la estación de autobuses de Murcia y yo me lo pasaba por los brazos y por el cuello para refrescarme, ante la mirada de estupor de ella, luego me compraba un helado de vainilla cuando el autobús hacia una parada de mas de quince minutos en un establecimiento de carretera. Así, en este paisaje de naturaleza pobre, a medida que avanzábamos íbamos dejando atrás Totana, Lorca, Puerto Lumbreras… y poco a poco íbamos saliendo de Murcia y nos adentrábamos en un paisaje aún mas pobre, salpicado de pequeñas casas de adobe rematadas con teja árabe, que formaban una cortijada y todo ello rodeado de un paisaje mas seco que el anterior. Al entrar en la provincia de Almería, primero pasábamos por Huercal-Overa, luego por el desvío hacia Antas, después por Vera, que ya anunciaba la proximidad al mar y ¡¡Al Fin!! Los Gallardos, donde nos bajábamos.

Nuestro viaje no había  terminado, al bajar del autobús allí estaba Paco “El taxista”, listo para recogernos a nosotras y a nuestras maletas.

Desde Los Gallardos, dejábamos la carretera general y subíamos por una carretera estrecha y sinuosa hacia nuestro destino final, a cuatrocientos metros sobre el nivel del mar; la última parte del camino se desarrollaba en cinco kilómetros, en medio de un continuo girar y girar en un sin fin de curvas a izquierda y derecha de una carretera estrecha en la que cabían con dificultad dos coches a la vez y en la que si te cruzabas con un camión y tu ibas por la parte del precipicio, te podía dar un infarto solo de pensar en el momento de cruzarte con el.

Cuando mi madre y yo llegábamos a Bedar a finales de junio, Paco tocaba el claxon antes de llegar al pueblo y todo el mundo salía a recibirnos, llegaban los de Madrid. Yo no podía soportar que la gente me besara y dijeran las mismas frases año tras año: - que guapa está la niña, cuanto ha crecido-, por eso me escabullía y corría hacia la huerta de mi abuelo, allí estaba Ginés, el labrador, el se ocupaba de que la huerta estuviera preciosa.  Llegaba corriendo y el me recibía entre sus brazos y me daba una pequeña azadilla, de las que ahora usamos para remover la tierra de las macetas, para que le ayudara. Yo me sentía la persona mas feliz del mundo. Allí tenía mi propia huerta, un cajón de madera, junto a la acequia de riego, en el que plantaba tomates y pimientos y cuando a Ginés le tocaba regar la huerta yo iba a regar mi huerta tomando el agua con mis manos en el momento en el que pasaba por la acequia.

Luego vendría el momento de reencontrarme con mis amigos, unos vivían en el pueblo todo el año, como Paco y Eli, los hijos del alcalde, María Rosa, Guillermo, Diego, Sebastiana, mi prima Beatriz... otros irían llegando desde Cataluña y Almería, a lo largo de las semanas siguientes.

Mi mejor amiga era Gloria, su familia tenía una tienda de ultramarinos, eran siete chicas y un chico y la mayor, María, nos daba chocolate para merendar, unas onzas de chocolate que venían envueltas en un papel especial que traía impreso un cuento.  Si abríamos la tableta y el cuento ya lo conocíamos, entonces María nos iba abriendo tabletas de chocolate hasta que apareciera un cuento nuevo.

Desde Bedar veíamos el mar, que estaba a ocho kilómetros en línea recta, desde allí podíamos ver el pueblo de Mojacar, las playas de Garrucha y Vera y mas adelante las de Puerto Rey, Villaricos y Palomares.

La casa de mi abuelo era muy grande, tenía cuatro plantas. La entrada principal estaba frente a la cuesta de la Reina. Esa era lo que se podría llamar la planta noble, había una gran sala de recibir, que en su momento fue la botica del pueblo,

alguno de mis antepasados debió ser boticario, de esa sala se pasaba a una mas pequeña en la que había un pequeño armario empotrado en la pared; me contaba mi abuelo que aquella era la rebotica y que ahí no podía pasar el público y que en aquel armario se guardaban los productos para hacer las fórmulas magistrales. Ahora guardaba una pequeña máquina de liar cigarrillos y por las mañanas, cuando mamá “no nos veía”, preparábamos la munición del abuelo para todo el día.

En el pueblo no había piscina, pero las fincas mas grandes tenían mas horas de riego y las balsas se llenaban, como los agricultores regaban por turnos, siempre había alguna que tuviera suficiente agua para poder bañarnos y nosotros sabíamos que días del mes eran los que cada balsa tenía mas agua. Los niños manteníamos limpísimas las balsas, allí no solo íbamos a bañarnos  también pasábamos el día, nos llevábamos los bocadillos y la botella de bebida y volvíamos a casa por la tarde.

Allí tuve mi primer novio, Paco, a los seis años, íbamos a la Terraza de Pedro Cano, un bar en el que los domingos hacían baile y Paco me invitaba a un sanbi (sándwich en andaluz de niño de seis años). Se trata de lo que entendemos por un helado al corte, con una parte de helado de vainilla, entre dos galletas. Allí tuve mi primera pandilla y me rondaron de noche en la adolescencia con trompetas, guitarras y tambores, para disgusto de mi padre; me dejaron salir por primera vez a una fiesta de verano, al pueblo de al lado y pude volver a casa después de las diez de la noche, también allí tuve mi primer amor adolescente veraniego, con un muchacho de Badalona, al que no volví a ver nunca mas, ni supe nada de el después de aquel verano.

 

El Berrueco. 6 de julio de 2021

 

Y tu ¿Que recuerdas de tus vacaciones infantiles? ¿Tenías un pueblo al que ir? ¿Alquilaban tus padres un apartamento en la playa o la montaña para pasar las vacaciones? ¿Viviste una experiencia singular que aún recuerdas?

Déjame tus recuerdos en el blog.

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